En México, el 24 por ciento de la población es menor de 14 años. Una cifra que pareciera normal pero representa la cifra más BAJA de su historia reciente y además en el país cada vez nacen menos personas.
Las estadísticas muestran una radiografía de la situación actual de las dinámicas demográficas del país, el resultado de políticas de control natal exitosas, las opciones que tienen las mujeres para decidir sobre su cuerpo, además del aumento en el nivel de educación y participación en el ámbito laboral.
Pero a la vez refleja una serie de problemas que persisten en el país y que para las mujeres son razones suficientes para NO maternar.
Las mujeres tenemos hoy más acceso a oportunidades y a espacios de poder, y eso nos ha dejado ver algo que antes no se decía en voz alta: no todas tenemos el sueño de ser madres, y es válido. La educación y la lucha por nuestro derecho a decidir explican buena parte de la caída en la tasa de fecundidad: de 6.5 hijas e hijos por mujer en 1970, a entre 1.2 y 1.9 hoy.
Pero reducir esto a una decisión libre sería un reduccionismo simplista. Para las mujeres mexicanas la maternidad aún si es deseada es complicada ante un modelo patriarcal que les impide además de la equidad de género tener las garantías suficientes para hacerlo sin enfrentar calvarios.
Cada vez es más difícil maternar solas, o pelear una pensión con hombres sin responsabilidad. El cuidado de los hijos sigue recayendo casi por completo en la mujer, y eso nos obliga a preguntarnos si, sin el apoyo de un hombre, de verdad podríamos sacar adelante a nuestras hijas e hijos. El desgaste de acudir una y otra vez ante las autoridades a pelear lo que por derecho le corresponde al padre es, también, parte de por qué cada vez menos mujeres quieren convertirse en madres.
Aproximadamente 3 de cada 4 hijos de padres separados no reciben pensión alimenticia, lo que termina de confirmar que el cuidado cae completo sobre nosotras. Es difícil sostener un trabajo y además solventar los gastos de los hijos cuando el gobierno no garantiza estancias infantiles acordes a las jornadas fuera de horarios laborales, como las empresas con horario nocturno.
La pandemia fue un parteaguas: marcó a las generaciones de mujeres en edad fértil que hoy deciden no tener hijos. A eso se suma el calentamiento global, la escasez de agua, la ausencia de políticas públicas que hagan de la maternidad algo deseable —o al menos algo menos pesado de cargar—, la falta de apoyos a las madres solteras y la falta de garantías para hacer responsables a los deudores alimentarios, de brindar lo que los niños y niñas por derecho les corresponde: techo, educación y alimentación. Mientras no haya justicia real en el caso de las deudores alimentarios mas mujeres deciden no ser madres por el desgaste de exigir lo justo y necesario para sus hijos, y que la justicia en la mayoría de los casos no llegue.
Y mientras nacen menos niños, la población envejece. No es solo la caída en los nacimientos a la par se encuentra la disminución de la mortalidad, que hace que cada vez más personas lleguen a edad avanzada.
Con todo esto sobre la mesa, el tiempo que tenemos para alcanzar el desarrollo social y económico necesario para atenderlos es cada vez más corto.
No existen las suficientes condiciones de equidad laboral, la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue siendo muy amplia: en México ellas ganan en promedio menos que ellos por el MISMO trabajo, para las que deciden maternar solas, la violencia de genero, económica, patrimonial, laboral y familiar. Todo esto hace que, para la mujer que decida que SÍ, maternar se convierta en una batalla constante.
Sobre las narrativas que surjan ante la baja de nacimientos, lo primordial sería que las mujeres que ELIJAN ser madres cuenten con las garantías de gobierno y su entorno para poder maternar sin contratiempos. Actualmente las cifras arrojan que la maternidad es un lujo.

