Cuatro días

Opinión

Por. Nora Marianela García Rodríguez

Cuatro días duró la promesa de la disciplina, Dafne Zapata Quintos tenía 13 años, viajó el lunes 13 de julio desde Ciudad Mante hasta Ciudad Madero para un campamento de verano en una academia militarizada privada, su madre pagó 20 mil pesos por 30 días de orden garantizado, y entre la noche del jueves y la madrugada del viernes el plantel le avisó que su hija había muerto.

«En cuatro días me la mataron», dice Alejandra Quintos, y no hace falta adelantar culpas penales para leer en esa frase lo que ya es verificable, el fracaso de cada eslabón que debía vigilar.

Lo que la madre relata no es una emergencia repentina sino una escalera de avisos, un moretón en el rostro y un desmayo al día siguiente del ingreso, notificados en video por la propia encargada del área femenil, una baja de presión atendida por el médico del plantel, vómito y pérdida del control de esfínteres la última noche, la petición de llevarla a un hospital y un no era necesario por respuesta.

La Fiscalía General de Justicia investiga con protocolo de feminicidio, aseguró el inmueble de la calle Sarabia y toma declaraciones al director y al personal, mientras la necropsia que la madre refiere habla de asfixia, de agua en los pulmones, de otras lesiones; esa parte les corresponde a los peritos y a los jueces, y ahí debe quedarse.

Lo que sí se puede juzgar desde hoy es el andamiaje que hizo posible la escena, empezando por el negocio, el propio director, con 36 años al frente del proyecto, negó cualquier maltrato y de paso retrató a su clientela, madres solas, abandonadas o divorciadas que compran para sus hijos la autoridad que sienten perdida.

Tambores, marchas en escolta, clases de valores, «es lo que se hace en un campamento», explicó, y en esa naturalidad está el problema, porque el producto real del catálogo es la obediencia, y la obediencia siempre se cobra sobre el cuerpo de quien obedece.

Veinte mil pesos son más de dos meses de salario mínimo pagados por adelantado, y a cambio el plantel administró hasta la información, partes tranquilizadores por teléfono, un médico de casa, el video del moretón enviado como cortesía y la decisión unilateral de que el hospital no hacía falta; quien controla el cuerpo del alumno controla también el relato sobre ese cuerpo.

El uniforme merece una aclaración jurídica, de militar estas academias no tienen nada, la ley reserva la educación castrense a los planteles de la Defensa Nacional, así que ante la autoridad educativa son escuelas particulares comunes, con cadetes sin grado y jerarquías de utilería.

Y un campamento de verano ni siquiera alcanza esa categoría, el reconocimiento de validez oficial ampara planes de estudio, no internamientos vacacionales con exigencia física, de modo que el curso de 20 mil pesos operó en un hueco donde no llegan ni la norma escolar ni la supervisión que la ley ordena para los centros que alojan menores.

La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes manda desde 2014 proteger la integridad de la infancia en cualquier ámbito, público o privado, pero un mandato sin padrón, sin inspecciones y sin sanciones es una carta de buenas intenciones, y en ese punto exacto vivía la academia de Madero.

Nada de esto es inédito, el 25 de abril de 2025 murió Erick, también de 13 años, tras un campamento en Morelos de la academia militarizada Ollin Cuauhtémoc de la Ciudad de México, con el cuerpo marcado por la violencia, una golpiza según la alcaldesa de Cuauhtémoc, directivos vinculados a proceso por homicidio y matrículas fantasma que la SEP nunca registró.

La propia SEP reconoció entonces que aquella escuela jamás pidió permisos para su campamento, la prensa nacional documentó que estas academias se expanden en la opacidad y las organizaciones de infancia advirtieron el riesgo; quince meses después el patrón regresa completo, misma edad, mismo formato, mismo desenlace.

De aquel diagnóstico no salió padrón, ni norma, ni una sola inspección preventiva, y la prueba más simple de esa opacidad es que ni el nombre del plantel de Madero se escribe igual en todos los periódicos, retrato de un sector del que nadie sabe cuántos son, dónde operan ni bajo qué figura cobran.

Las instituciones hacen ahora lo que suelen hacer después, asegurar, acompañar, anunciar que verificarán si el plantel cumplía requisitos, y la pregunta previa se responde sola, cuáles requisitos, si la regla específica nunca se escribió.

Mientras tanto exalumnos cuentan que ahí la violencia se llamaba disciplina y uno de ellos admitió que la muerte de Dafne no lo sorprendió, y esa ausencia de sorpresa, dicha en voz alta, es quizá el dato más grave de la semana.

El caso ya dejó de ser individual, otros padres de familia preparan denuncias y la propia madre convocó públicamente a quienes pasaron por esas aulas a dar testimonio, de modo que la primera auditoría de la academia la está haciendo la memoria de sus exalumnos, no el Estado, y esa inversión de papeles resume el problema completo.

La demanda que sostiene el negocio también es nuestra, décadas de miedo y de discurso de mano dura convencieron a muchas familias de que la obediencia se enseña a gritos, y en tierras que conocen de cerca la militarización el uniforme conserva un prestigio que el salón de clases perdió; pedagogía de cuartel empacada y vendida como si fuera un curso de natación.

Este país ya aprendió una vez, al precio más atroz, que los lugares donde se deja a los niños se registran, se regulan y se inspeccionan, del incendio de la Guardería ABC salió una ley con requisitos, registro y visitas obligatorias; diecisiete años después, un internado de verano con disciplina de cuartel sigue sin nada equivalente, ni padrón público, ni personal certificado, ni una revisión antes de la tragedia.

El viernes por la noche Ciudad Mante recibió el cuerpo de Dafne con globos blancos, y lo que sigue es previsible si nada cambia, habrá carpeta, quizá habrá sentencia, y el sector quedará intacto para reabrir con otro nombre y otra cuota.

La salida jurídica está a la mano, un padrón obligatorio y un régimen de inspección para todo espacio privado que interne menores, sea por reforma a la ley general de la infancia o por norma oficial con sanciones reales, porque los jueces podrán castigar esta muerte, pero solo la regla escrita puede impedir la siguiente, y un Estado que ya aprendió a vigilar guarderías no tiene excusa para no vigilar cuarteles de mentira.