Pigmentocracia EL MUNDO DE NUNCA JAMÁS/ PEDRO ALFONSO GARCÍA RODRÍGUEZ

Opinión

Por. Pedro Alfonso García Rodríguez

Uno de los puntos de partida para entender la diversidad cultural de los países del continente americano consiste en conocer la relación de inicio que tuvieron los conquistadores con sus conquistados. Y de los colonizadores con sus colonizados.

Entre todos los países que tuvieron presencia en el continente, la preponderancia se distribuye entre el origen hispano y el anglosajón.

La influencia directa del Vaticano en la toma de decisiones de la Corona española propició una composición poblacional más diversa, al considerar a los conquistados y después colonizados como “niños” con potencial de ser evangelizados por la Iglesia católica.

Y probablemente esa decisión sería el inicio del paternalismo político como herramienta fundamental del Estado mexicano. Para bien, para mal y para todo lo peor…

El mestizaje aclaró u oscureció las tonalidades de piel entre pueblos originalmente separados (los de origen indígena, históricamente excluidos) y sería el punto de partida para la consideración de cada mexicano de acuerdo con su tonalidad de piel.

De la república de indios a la república de españoles, la rebeldía de los cimarrones: cada uno de los grupos fue fundamental para crear una de las sociedades étnicas más diversas del mundo y a la vez una de las más desiguales, discriminadoras y, sobre todo, racistas.

Los originarios del continente africano en el nivel más bajo, seguidos por los pueblos indígenas; después los mestizos, siempre en crecimiento en número pero en los niveles bajos. La tonalidad de piel influía en su jerarquía y consideración social; después los criollos, hijos de españoles nacidos en la Nueva España, y en la parte superior los europeos.

Una estructura que a 500 años de distancia persiste, aun si el gobierno en turno, considerado de izquierda y progresista, enarbola la causa de acabar con la discriminación en el país, alimento para las desigualdades sociales que igual continúan a pesar de los apoyos gubernamentales masivos.

Y aunque pareciera broma, dentro de la misma desigualdad existen desigualdades, y lastimosamente relacionadas con la tonalidad de piel como si se tratara de una paleta de Pantone.

El movimiento de independencia no cambió en nada el eurocentrismo de las recién nacidas élites mexicanas; la Reforma, pese a su espíritu liberal y a logros como la llegada de un indígena al poder, de poco sirvió si en las ciudades y las zonas rurales del país existía la esclavitud, aunque en papel estuviera prohibida.

Y la Revolución mexicana probablemente fue el movimiento que rompió más paradigmas, principalmente con el agrarismo que les dio autonomía a comunidades completas, pero apagado después por el régimen de partido que, además de necesitar de los sectores populares, se benefició de las élites que al final mantuvieron el mismo modelo de segregación social.

Previo a la Revolución mexicana se dieron algunos episodios del conflicto entre colonizadores y colonizados, como la Guerra de Castas en la península, que cobró la vida de cientos de miles de personas, o la rebelión de los yaquis y los mayos.

Todo relacionado con el despojo, con la pugna por el territorio. Pero en la Revolución mexicana se dio lo contrario: ahora los oprimidos se liberaban, y además repartieron las tierras.

Pero el desarrollo del régimen de partido impidió que un país ya gobernado por un indígena, en un proceso posrevolucionario iniciado por los sectores de la población más oprimidos, adaptara su modelo de gobierno y su posición ante el mundo, tal y como sucedió durante el Porfiriato con un “blanqueamiento” de la cultura mexicana y la concepción del mexicano desde una perspectiva eurocentrista.

Como valor agregado, el vecino del norte ascendió como superpotencia y su constante influencia (o intervencionismo) sumó otra escala de colores, más de claros, en los niveles de discriminación social y racial.

Y durante todo ese periodo, en 70 años de régimen de partido, sólo en dos etapas del país hubo corrientes a favor de defender a los sectores de la población más desprotegidos.

En la parte inicial, con el cardenismo y las extensas jornadas educativas y de salud para defender a comunidades dependientes de élites terratenientes, y durante el gobierno de Luis Echeverría y su eterna resaca por la represión estudiantil del 68.

En el cardenismo, un intento por terminar con fuerzas paralelas al Estado; con Echeverría, un bombardeo cultural y una revaloración de lo mexicano.

La causa cardenista al final era eurocentrista y no adaptada a las verdaderas necesidades de cada comunidad ni al respeto de sus usos y costumbres.

Con Echeverría, un romanticismo exagerado de tintes antiimperialistas pero sin soluciones concretas para mitigar las desigualdades sociales.

Y desde entonces, fue hasta la implementación del TLCAN que se detonó un nuevo movimiento social en el país, prácticamente ideológico, que exige justicia social.

El movimiento zapatista, visto desde cualquier perspectiva, nuevamente era una manifestación de contradicciones: una causa justa, un discurso de justicia, pero con el uso de una figura de origen ibérico, como el subcomandante Marcos.

Pero el movimiento sirvió como punto de partida para que, desde el Estado mexicano y jubiloso por el modelo neoliberal, voltearan a ver a los sectores de la población ignorados, aun si sólo se tratara de un simple uso político.

La izquierda cardenista y de origen priista fortaleció el discurso del combate a la pobreza y a las desigualdades sociales, principalmente por discriminación.

Y fue la fórmula perfecta para ganar capital político y social en la Ciudad de México.

Si en la conformación del Estado mexicano moderno sectores completos de la población quedaron excluidos del proyecto de nación, durante la etapa neoliberal las desigualdades aumentaron y la violencia fue una herramienta para provocar desplazamientos masivos.

Y la criminalización, otra vez más, de ciertas escalas de colores y rasgos, además de vestimentas que tanto alimentaría la misma cultura del narcotráfico.

Los sectores de la población más alienados ahora eran criminalizados y exterminados…

En los albores de la 4T, la reverencia del obradorismo al “sabio pueblo” y la visión posmoderna del sheinbaumismo serían de las principales corrientes que expusieron ante la opinión pública el concepto de pigmentocracia como uno de los principales retos para nuestro sistema democrático.

Desde el obradorismo, desde el romanticismo cuatroteísta; desde el sheinbaumismo, como un asunto de políticas públicas.

Principalmente desde el punto de partida de que la discriminación en el país es histórica y sistemática.

Morena, por ejemplo, en su mismo nombre hace referencia a la Virgen de Guadalupe, uno de los símbolos religiosos más importantes del país y referencia del mestizaje. Y sin embargo, la mayoría de su élite, en la paleta de colores, es afín al Pantone histórico del país.

Lo mismo sucede en cualquier rincón del país: en el equipo de cualquier ayuntamiento, en el directorio de dependencias gubernamentales, en el recuento de mandatarios en cualquiera de los niveles de gobierno y en quienes han ocupado escaños en Congresos locales o federales.

Y lo mismo sucede desde el Poder Judicial, aun con toda la parafernalia orquestada por el obradorismo tras la reforma y la elección judicial.

La pigmentocracia es una realidad en un país cuyo grueso de la población es de origen mestizo y, sin embargo, los estratos sociales se definen prácticamente por la tonalidad de piel.

Y también el acceso a las oportunidades desde el sector público y privado.

El modelo de Bienestar implementado desde el obradorismo redujo sistemáticamente, aunque de manera parcial, la brecha en esos sectores que históricamente terminaron alienados por la misma condición.

Pero el acceso a las oportunidades en la mayoría del país permanece como de origen, principalmente por la poca implementación de políticas públicas al respecto, sobre todo en el combate a la discriminación. Y por las herencias estructurales históricas que favorecen a sectores de la población mejor posicionados en la paleta de Pantone.

El acceso al poder, a los medios de producción y del capital está reducido a una misma escala de colores. Si en el aspecto económico es más que evidente, en el social el impacto es mayor en lo cultural y con claras repercusiones en lo político.

Desde la implementación de políticas públicas hasta el día de la operación política, en un país cuyos grupos de poder han dejado de lado todo para enfocar sus fuerzas el día de la elección.

En contraste con modelos de segregación racial más extremos, como sucede en Estados Unidos, la discriminación racial se debe a dinámicas de desigualdad de origen que perduraron a lo largo de la historia del país desde la colonización española.

Además de la temprana abolición de la esclavitud que se dio en el país (al menos en el papel) y que en Estados Unidos perduró hasta el fin de su Guerra de Secesión.

En Estados Unidos, la separación de grupos étnicos es más acentuada. En México el mestizaje la hizo prácticamente inviable, aunque la composición de las élites, desde la Colonia y en su etapa independiente, fue de origen europeo y a lo largo de la historia se vio favorecida por las constantes olas de inmigración durante la última etapa del siglo XIX y el inicio del siglo XX.

Y a pesar del volumen que ocupa la población mestiza en la composición de la sociedad, se mantiene por debajo de una élite mexicana compuesta en su mayoría por personas de origen europeo y de Medio Oriente.

Millones de mexicanas y mexicanos enfrentan diariamente una realidad más como condena que como verdadero reto. La discriminación sistemática que por siglos se ha dado a lo largo de todo el territorio nacional les marca y les ha marcado la vida.

Desde los estándares de belleza que a nivel global se imponen bajo una visión eurocentrista (pese a sus posmodernismos), el acceso a los beneficios del Estado y del mercado, su consideración desde la perspectiva de las mismas autoridades, en cualquiera de sus niveles, sobre todo las concernientes a la materia de seguridad pública.

El acceso a oportunidades laborales, a vivienda, a beneficios bancarios o crediticios.

A la resolución de conflictos judiciales, al acceso a puestos de elección popular, incluso en el escalafón de un partido político, aun si es de izquierda.

La pigmentocracia es la naturaleza colonial de los países latinoamericanos, disfrazada por los mismos grupos de poder más con simbolismos que con hechos.

Millones de mexicanos, por su tonalidad de piel, deben hacer un esfuerzo aún mayor por no pertenecer a la paleta de Pantone requerida. En cualquier actividad, en cualquier papel en la sociedad.

Uno de los remedios más importantes para la solución de un problema es admitirlo y admitir sus consecuencias y sus estragos.

En el caso de la pigmentocracia, la forma en la que se componen las élites y los grupos de poder en el país excluye a un amplio sector de la población y lo condena a mantenerse por debajo del escalón, principalmente en materia de movilidad social.

La implementación de los programas sociales de manera masiva y sistemática dio un suelo firme para muchos mexicanos que se mantenían en el nivel más bajo.

En medio de la crisis actual de legitimidad entre la clase política cuatroteísta y la nacional, en el debate del poder quedan aún pendientes en la agenda nacional, principalmente en la legislativa y en la electoral.

Como el freno de mano que se aplicó a la equidad de género en el plano político por los debates intentados en otros frentes del morenismo. Y pese al constante llamado del obradorismo a los pueblos originarios, en el aspecto político-electoral también quedaron pendientes.

La pigmentocracia es uno de los muros más sólidos que impiden la movilidad social en un país de por sí desigual, sin el agregado de la discriminación. En suma, la imposibilita y expone a cualquiera a un constante descrédito sólo por la tonalidad de piel.

Es un fenómeno que va más allá de los alcances de las mismas élites y estructuras del poder, aunque sí alimenta la desigualdad del resto de la población si la concentración de capitales queda en manos de quienes lo delimitan desde el privilegio.

Y el impedimento para que el grueso de la población tenga acceso al poder y al capital por tonalidades de piel (salvo casos excepcionales) es una forma de coartar la libertad de los individuos, y al final una imposición oligárquica que delimita la libertad cotidiana de los afectados.

En el aspecto simple, el acceso al poder y las omisiones que se dan desde el poder por una discriminación “indirecta” que condena a millones de personas a no recibir sus beneficios, además por la corrupción y la impunidad.

En el aspecto más complejo, es la realidad diaria, desde lo psicológico y lo social, de los individuos que constantemente se exponen a degradaciones y vejaciones personales, y que lastimosamente suele aumentar por cuestiones de género.

Es una balanza difícil de equilibrar y una realidad compleja en una población afectada pero inconscientemente atentada contra sí misma, y que se ha formado con un aspiracionismo basado también en las tonalidades del “Pantone social”.

Desde el Estado es una tarea compleja acabar con siglos de discriminación social y racial, y aún más el replanteamiento de los usos y costumbres, además de la educación, para cambiar la idiosincrasia impuesta desde el eurocentrismo a los mexicanos.

Pero sería una de las soluciones más importantes para revertir la naturaleza autoritaria de un país que de origen condenó al grueso de la población al sometimiento económico, político y social, y al establecimiento de jerarquías por tonalidad de piel.

Y que al final se mantiene como un freno a un verdadero desarrollo democrático por la alienación de los grupos poblacionales más preponderantes, y que aun bajo un gobierno progresista y que se autoproclama de izquierda, mantiene las mismas medidas de control social de un sabio pueblo que, en lugar de incluir en el debate nacional, enaltece desde una postura paternalista, tal como lo dictó el Vaticano desde el inicio del trayecto nacional en la era novohispana.

En el caso del país vecino, en una era de golpismos reaccionarios como la administración de Donald Trump, queda en evidencia que aun las democracias más ejemplares, si basaron su estabilidad en el “apartheid” social como se dio históricamente desde la esclavitud abolida tardíamente, la libertad humana aun en plena democracia se encuentra condicionada

Y en un país como México, en medio de una profunda inestabilidad democrática, ese debería ser uno de los principales puntos a considerar, principalmente desde el poder y sus instituciones.

@pedroalfonso88